2.1. Evolución de la medicina interna
Los escritores alemanes a final del siglo XIX comenzaron a utilizar el término de Medicina Interna. Con él designaban una práctica médica que incorporaba el creciente entendimiento de la anatomía patológica, microbiología, fisiología y bioquímica.
William Osler en 1897 la describía en su conferencia Medicina Interna como vocación: "... un campo amplio de la practica médica que queda después de separarla de la cirugía, obstetricia y ginecología. No es en sí misma una especialidad (aunque engloba al menos a media docena), los que la cultivan no pueden ser llamados especialistas, pero llevan sin reproche el buen y antiguo nombre de médico, en contradicción al generalista, cirujano, obstetra o ginecólogo."
Durante
el siglo XIX, el arte del diagnóstico físico comenzó su
desarrollo: palpación, percusión, auscultación y la exploración
neurológica tradicional. Al final del siglo XIX, el estetoscopio, el
martillo de reflejos, el esfingomanómetro, el termómetro clínico
y el oftalmoscopio comenzaron a ser los símbolos de la profesión
médica.
Los procedimientos diagnósticos de laboratorio comenzaron con un uso limitado en la última mitad del siglo XIX cuando las pruebas de constituyentes anormales de la orina así como el estudio microscópico de los principales componentes de la sangre. Entonces, el nuevo campo de la bacteriología avanzó el diagnostico mediante el cultivo de orina, esputo, heces o exudados. A comienzos de este siglo, se efectuó hemocultivos y junto a las pruebas para aclarar causas infecciosas vinieron las primeras técnicas inmunológicas (pruebas de aglutinación y reacciones de fijación de complemento).
La evolución de los métodos diagnósticos en medicina interna requirió la evaluación en instituciones con adecuados profesionales y equipos de laboratorio especializados.
La evolución de la terapéutica médica en el siglo XX ha sido fascinante. En la década de los años 30, se descubren las sulfamidas. El mundo médico queda asombrado con el hecho de que terribles enfermedades como la septicemia estreptocócica o la meningitis meningocócica puedan curarse con un medio tan simple como el uso de unas tabletas que contienen un compuesto químico relativamente simple. En los siguientes años, aparece la penicilina y otros agentes antimicrobianos efectivos.
La industria farmacéutica dedicó grandes sumas de dinero en inversión para investigación y desarrollo que produjo la aparición de fármacos efectivos en muy diversas enfermedades y situaciones. Se produce una revolución terapéutica en las enfermedades infecciosas y en el resto de los campos de la medicina interna. Los métodos de soporte vital en cuidados intensivos o centros de diálisis, por ejemplo, prolongan la vida.
En diversas situaciones, el tratamiento médico ha sustituido al quirúrgico. Hace medio siglo la cirugía para algunas formas de tuberculosis pulmonar fue una actividad mayor: toracoplastia, resección de la enfermedad pulmonar, colapso permanente con plombaje y reposo del resto del pulmón mediante interrupción del nervio frénico. Los procesos supurativos -abscesos y empiemas- que requerían previamente el drenaje quirúrgico se previenen ahora con antimicrobianos usados en las etapas iniciales de la infección. El manejo de la úlcera péptica es solo quirúrgico en casos complicados y la primera línea terapéutica está compuesta actualmente por los antagonistas de los receptores de H2 y antimicrobianos frente a H. pylori.
La cirugía, sin embargo, ha adoptado nuevos papeles en el manejo de las enfermedades. Dependemos de la cirugía, por ejemplo, en el manejo de enfermedades cardíacas o vasculares periféricas así como en el trasplante de órganos o implantación de prótesis.